El frío
ya se instaló en Buenos Aires, y esta vez vino para quedarse,
por eso salí del Colegio y me metí en La Giralda, donde,
de acuerdo con lo convenido me encontré con las chicas.
-¿Qué
tal Juancho?- exclamó Juanita desalojando de carpetas la mesa
que tenía a su lado.
-¿Cómo
andan?- pregunté abarcándolas a las dos con la pregunta.
-Bien, Juancho-
respondió Patricia con un churro en la mano.
-Parece que se
están castigando lindo- dije observando los churros y el chocolate
humeante.
-Está exquisito
Juancho- dijo Patricia.
-¡Además
con este frío!- agregó Juanita y espiando el libro que
yo llevaba entre mis petates preguntó curiosa -¿qué
estás leyendo?-
-Un libro viejo
que conseguí casi de casualidad y que hace tiempo que quería
leer pero no conseguía- respondí sintéticamente.
-¿Cómo
se llama?- preguntó Juanita.
-La masacre de
San Patricio- respondí mostrándoles la tapa algo raída.
-¿Es una
novela?- preguntó Patricia.
-No, es una investigación
periodística que fue publicada en 1989 sobre la masacre en
la iglesia de San Patricio, en Belgrano. Ustedes no se acuerdan porque
eran muy pendejas, pero el caso fue muy resonante. El 4 de julio de
1976 asesinaron a cuatro sacerdotes palotinos y todo indica que fue
una acción propia de la represión ilegal pero el hecho
quedó impune. El periodista e historiador Eduardo Kimel investigó
el trámite judicial de ese hecho y develó algunas irregularidades
a la vez que emitió juicios de valor sobre funcionarios judiciales
que tuvieron participación en ese expediente. En 1991 uno de
los jueces inició un juicio de calumnias, que después
amplió a injurias, por si la conducta denunciada no se ajustaba
al tipo penal de la calumnia- reseñé.
-¿Y ahora
salió la sentencia?- preguntó Patricia.
-No, la sentencia
de primera instancia fue en 1995, y el periodista fue condenado a
un año de prisión en suspenso y 20.000 pesos de indemnización-
respondí.
-¿Y seguro
que apeló?- dijo Juanita con lógica abogadil.
-Claro, y la Sala
VI de la Cámara Criminal en 1996 revocó la condena impuesta,
con un voto ejemplar del Dr. Elbert. Pero
el querellante fue
a la Corte Suprema con un recurso extraordinario. En 1998 la mayoría
automática dio vuelta la tortilla y entonces la Sala IV, con
el voto de los Camaristas Barbaroch y Gerome, lo condenó, pero
esta vez por calumnias- seguí relatando muy sucintamente.
-Y el periodista
planteó recurso extraordinario
-dijo Juanita adivinando
cómo seguía la historia.
-Si, pero la Corte
le rechazó el recurso y también la queja, por lo que
Kimel en 2001, con el patrocinio de los abogados del Centro de Estudios
Legales y Sociales Andrea Pochak, Santiago Felgueras, Eduardo Bertoni
y Alberto Bovino llevó la cuestión a la Comisión
Interamericana y ahora salió el fallo de la Corte Interamericana
de Derechos humanos- concluí.
-¿Y que
dijo la Corte Interamericana?- preguntó curiosa Juanita.
-Que el Estado
Argentino debe anular los efectos de la sentencia penal, pagarle a
Kimel la suma de 40.000 dólares, publicar la sentencia completa
en el Boletín Oficial y en un diario de circulación
masiva, realizar un acto público de reconocimiento de su responsabilidad
y adecuar su derecho interno a la Convención Americana sobre
Derechos Humanos- enumeré.
-¿Vos querés
decir que tienen que reformar el código penal?- preguntó
Patricia.
-Si, claro. La
supremacía de la Convención está consagrada en
la Constitución, y entonces la Corte Interamericana dijo que
se debe corregir la tipificación de las calumnias e injurias
"para satisfacer los requerimientos de seguridad jurídica
y, consecuentemente, no afecten el ejercicio del derecho a la libertad
de expresión"-dije textualmente.
-A todo esto, ¿qué
fue lo que dijo en el libro?- preguntó Juanita.
-Emitió
un juicio crítico sobre el desempeño del Poder Judicial
durante la dictadura, pero la Corte Interamericana entendió
que "las opiniones vertidas no pueden considerarse ni verdaderas
ni falsas. Como tal la opinión no puede ser objeto de sanción,
más aún cuando se trata de un juicio de valor sobre
un acto oficial de un funcionario público en el desempeño
de su cargo"- señalé.
-Y, claro, poner
semejante cortapisa afecta la libertad de prensa, porque actúa
a manera de mordaza, como lo hacía antes el desacato- concluyó
Juanita.
Me despedí
y partí raudamente a seguir la recorrida.