La morosidad en los concursos, ya sea porque el procedimiento
es largo y engorroso, ya sea porque el Poder Ejecutivo tarda más
de lo aconsejable en mandar las ternas al Congreso o sea por lo que
sea, posiciona al tema de las subrogancias, cada tanto, indefectiblemente
en el ojo de la tormenta.
Los jueces subrogantes
son aquellos que mientras dura la tortuosa elección de los
jueces titulares, deben hacerse cargo de los juzgados para que no
se resienta el servicio de justicia. Pero como dice el dicho popular,
la necesidad tiene cara de hereje, lo que ha dado a luz un instituto
que hace agua por muchos frentes. No han sido pocos quienes ponen
en tela de juicio el sistema, con sólidos argumentos académicos
y formales. La Corte, que en el pasado ya ha dado un aval al sistema
por obvias necesidades prácticas, deberá ahora darle
el certificado de defunción o la bendición definitiva.
La subrogancia, a la vez que resuelve un problema, pone temas importantes
a merced de jueces débiles, influenciables y elegibles o removibles
a dedo. La Corte, como siempre, deberá hacer equilibrio entre
la espada y la pared, procurando no caerse y recibiendo además
el aplauso del público. Si mata el sistema, habrá inseguridad
jurídica. Muchos fallos caerán, cientos de presos quedarán
en libertad, y varias causas volverán a cero. Si convalidan
el sistema, consagran una institución defectuosa con peligrosas
debilidades y dan vía libre para la manipulación y el
manoseo. Mientras la Corte decide, el sistema no deja de traer problemas.
En los últimos días la nota la dio el fuero en lo Contencioso
Administrativo Federal en donde varios de sus camaristas pusieron
el grito en el cielo por el nombramiento del juez subrogante destinado
a hacerse cargo del juzgado N° 2, originalmente vacante por el
ascenso de Sergio Fernández y nuevamente vacante por la renuncia
por cuestiones de salud de Mirta Álvarez, la primer subrogante.
El procedimiento habitual en casos de vacancia y hasta tanto se elija
al juez definitivo por concurso, es que el Consejo elija al subrogante
de una terna que envía la cámara del fuero involucrado.
En este caso el problema se dio porque se generaron 2 ternas posibles.
Una, integrada por Pablo Carossino, Hernán Gerding y Macarena
Marra, votada por la mayoría de los camaristas (8): Bernardo
Licht, Néstor Buján, Pedro Coviello, Marta Herrera,
Jorge Demarco, Luis Otero, Guillermo Galli y Alejandro Uslenghi. Por
su parte la minoría (5), integrada por Estban Argento, Sergio
Fernández, Carlos Grecco, Pablo Gallegos Fedriani y Jorge Morán,
pusieron en su terna a Esteban Furnari, Hernán Gerding y Macarena
Marra. El Consejo eligió entre la terna propuesta por la minoría
y ahí se desató el escándalo.
Quienes lo critican señalan
varias inconsistencias en lo sucedido, que dan pie para las suspicacias:
1) En las dos ternas está Hernán Gerding, actualmente
en ejercicio de una subrogancia en el juzgado N° 7. No sería
lógico que lo nombraran, ya que de esta forma el Consejo estaría
desvistiendo un santo para vestir a otro. ¿Por qué lo
ponen en las dos ternas entonces? ¿Para que no lo elijan? Así
la elección del Consejo se reduce sólo a dos posibilidades
en vez de las tres de rigor que impone la terna. 2) En otras oportunidades
de dictámenes de mayoría y minoría el propio
Kunkel, hoy votando la terna de la minoría, se había
opuesto firmemente a un comportamiento similar argumentando que el
Consejo debía elegir solamente entre los 3 propuestos por la
mayoría (Acta N° 27/06). ¿Por qué habrá
cambiado de opinión ahora? 3) En ambas ternas hay candidatos
que coinciden. ¿Por qué el Consejo eligió justo
al de la discordia y no se esforzó por el consenso?
El poder del juego
En la Cámara están
que trinan con la cuestión y entre las posibles medidas de
la resistencia se baraja no tomarle juramento al candidato elegido:
Esteban Furnari. Eso equivaldría a ponerlos directamente en
el ángulo de tiro del Consejo que como se sabe tiene pocas
pulgas y muchas ganas de usar la guillotina. Kunkel y Conti no integran
el Consejo para consensuar o debatir. Están ahí para
tomar decisiones y no aflojar hasta imponerlas, porque quieren y pueden.
Furnari, a quien académicamente se lo puede referenciar bajo
el ala del reconocido administrativista Juan Carlos Cassagne, hace
dos años se presentó en el concurso para ser secretario
de un juzgado primera instancia en lo Contencioso Administrativo y
Tributario de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, compitiendo
por el cargo con lo más granado del semillero del fuero, entre
ellos algunos parientes de sus futuros camaristas. Entre los que protestaron
en on (varios lo hicieron en estricto off) se destaca el camarista
Otero, que ya viene con millaje político de alto vuelo (fue
el segundo de Felipe Solá al frente de la Secretaría
de Agricultura y Pesca en las épocas de Menem), quien seguramente
sabe en lo que se mete y también sabría con nombre y
apellido quién detrás de bambalinas promovió
coordinadamente la candidatura de Furnari. A algunos camaristas no
les suena bien que haya otros candidatos que ellos consideran con
más experiencia quedados en la banquina y sin el cargo merced
a lo que algunos viven como una prepotente mojada de oreja del Consejo.
Hoy por hoy transcurre una sorda pulseada de quién prevalece
en el fuero, si la mayoría o una minoría influyente
con buenos vasos comunicantes con el poder. La armonía y la
pulcritud en las formas es difícil de sostener cuando circunstancias
de tensión promueven a los tribunales como un ring privilegiado.
Como por ejemplo con la próspera industria del juego, que pone
sus fichas en el medio de un verdadero Triángulo de las Bermudas
entre la Nación, la Ciudad y la provincia de Buenos Aires.
Hay poderosos intereses cruzados, donde abogados privados pagados
por las empresas y medios de comunicación identificados con
uno u otro interés, aportan su granito de arena a la confusión
general en cuestiones que dirimen millones para los privados y para
el Estado (Ciudad, Provincia o Nación, esa es la cuestión).
El Contencioso Administrativo ya no tiene la unidad de acción
que ostentaba en la época del astuto ex ministro Barra, el
último estratega en la conformación del fuero. Un área
del Poder Judicial que maneja solvencia técnica y cintura política
en un cóctel molotov que muchas veces le cocina o le quema
el asado a más de uno. Licitaciones, tarifas, contratos de
obra pública y todos los actos administrativos del presidente,
ministros, entes reguladores y sociedades del Estado; todos temas
que repercuten en las arcas oficiales protegiendo el bolsillo de los
contribuyentes o inflando el de las empresas bendecidas. Varios fueros
ya enfrentaron conflictos por las subrogancias. Es hora que desde
la Corte, el Consejo o el Congreso tome cartas en el asunto para darle
más certidumbre a un procedimiento que hoy por hoy no funciona
del todo bien.
Alejandro S. Williams
NdeR: el artículo transcripto fue publidado en www.diariojudicial.com.ar
el 22 de abril de 2007. Agradecemos a la Editora Analía
Zygier la expresa autorización brindada a Fojas Cero para reproducirlo.