El libro de los elogios

Escribe: Pelayo Ariel Labrada*
 


En el año 2004, llegué a la mesa de entradas del Juzgado de Trabajo Nº 3 de Neuquén, y encontré a dos personas muy agradables, de buen humor y solícitas a los requerimientos de los letrados y demás personas que se arrimaran con alguna necesidad.
No conocí sus apellidos, pero al igual que todos los de allí, aprendí a llamarlos como "Silvia" y "Carlitos". La omisión del apelativo hizo más afectuoso el trato, máxime teniendo en cuenta de que el diminutivo se estaba aplicando a una persona que había pasado los cuarenta y pesaba más de ochenta.
En noviembre de 2003, estos diligentes empleados habían encontrado un libro en blanco, fuera de uso, y se les ocurrió una idea muy original. Solicitaron autorización a la secretaria, Marcela Diana Castillo, para ponerlo a disposición de los que diariamente llegaban al mostrador, pero no para asentar quejas y sugerencias como sería lo tradicional, sino sólo para recibir halagos.
Una vez repuesta de la sorpresa, la actuaria aceptó acompañarlos en la novedosa experiencia. Así, se puso "El Libro de los Elogios" a disposición de los visitantes, y comenzaron a aparecer párrafos cargados de afecto y reconocimiento.

I.- Algunas frases

"En estos tiempos difíciles, donde a diario nos encontramos solo con quejas, mal humor y una serie de factores negativos, es para destacar a Silvia y Carlitos, su amabilidad y constante espíritu de lucha, a cambio de nada".
"Por ser seres humanos excelentes y siempre bien predispuestos y positivos, les agradezco lo bien que tratan a todo el que cae en esta mesa de entradas".
"Para la Gente Bonita: gracias por la buena onda, que ayuda tanto en su trabajo como en el nuestro".
"Chicos: sigan así y me convencerán que la Buena Onda nació en el laboral 3".
"Gracias por su simpatía. Da gusto venir a este juzgado y encontrarse con personas tan cordiales como ustedes dos."
"¡¿Qué haríamos sin Silvia y Carlitos?!"
"Atento al estado de autos, vengo a dar las gracias por la buena onda de todas las mañanas. Muchas gracias por bancarme las dos primeras".
"En un día de sol, me atrevo a decirles que aunque esté nublado, ustedes están con la mejor onda".

II.- Novedoso, pero no tanto

En el siglo XVIII, Johann Wolfgang von Goethe, considerado como el valor más alto de las letras alemanas, expresó: "Trate a las personas como si fueran lo que debieran ser, y usted les ayudará a convertirse en lo que ellas son capaces de ser".
No cabe duda de que aquel pensamiento tiene mucho que ver con lo que estaba sucediendo en Neuquén. Las palabras asentadas en ese libro no pueden resbalar en la piel de un ser humano normal. Calan, y lo comprometen a ser tal como lo describen. ¡Magnífico! El pensamiento de aquel genio había fructificado en nuestra Patagonia. Nadie lo programó de esa manera, pero el resultado estaba a la vista.

III.- Confesión

Antes de terminar esta nota, siento la necesidad de hacer una confesión.
Desde que conocí "El Libro de los Elogios", cada vez que realizo un trámite en alguna oficina pública, con rápido y buen resultado, no me retiro sin hacer notar que he estado muy bien atendido.
Cuando les digo esas palabras, veo que se ilumina el rostro de la empleada o empleado, abren los ojos, me miran con una mezcla de extrañeza y satisfacción. Están habituados a la indeferencia y a los rezongos, pero poco o nada a los reconocimientos.
Y, así, me retiro con la alegría de haberle dado un poco de estímulo a un empleado público. Pero debo reconocer que también lo realizo con un criterio pragmático, porque cuando regreso a ese lugar con otro problema, me reconocen, me reciben con una sonrisa y ganas de atenderme, quizá a la espera de que nuevamente les exprese mi satisfacción. Y no los dejo con las ganas, porque lo vuelvo a hacer sin retaceos.

* Esto es un capítulo de su libro "La Motivación en los Organismos Judiciales" que editó Nova Tesis, en 2006.

 
  Esta nota fue publicada en Fojas Cero Nº 170 de abril de 2007
 
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