Cosas veredes Sancho  
 

Una infracción escandalosa

 
 


Accedo a la invitación de "FOJAS CERO" para hacerle llegar al colega "Dr. No" la siguiente experiencia profesional, que seguramente ha de provocar más de una sonrisa burlona que interese en el tema.


Hechos: Mi cliente, el Ingeniero JPL sexagenario él, fue sorprendido en uno de los viernes pasados desagotando su vejiga semioculto por un auto estacionado. Claro está que no estaba ni en los bosques de Parlemo ni en Belgrano antiguo, sino en Reconquista y Tucumán.
Un policía de ronda lo increpó bajo la nada académica expresión: "¡No sabe que no se puede mear en la calle!".
Mi cliente se molestó y le salió del alma su alcurnia francesa, pretendió en vano señalarle al varita que la fisiología no era gobernada por el antojo de cualquiera y que además todos los bares de la zona impedían el acceso para este tipo de menesteres a los paseantes.
Aunque el Dr. No no lo crea, el policía moralizante labró el acta y tres días después estábamos con gran curiosidad, mi cliente y yo en el Tribunal de Faltas.
Confieso que yo sólo pensaba en esa diligencia como en un divertimento personal, rogando que le impusieran a mi cliente una multa o sanción para hacer de esto una comedia e irme con el proceso hasta la Suprema Corte.
Se me frustró porque el infractor, el Secretario del Tribunal, y el suscripto terminamos cÉ de risa mutuamente. Ello por cuanto les conté lo que sigue.
Historia: La historia de la prohibición masculina y femenina de "hacer aguas" en la vía pública es anterior a nuestra República. En el siglo XVIII era proverbial una receta sociocultural ineludible para toda gente que se preciara de tal: "Nunca salgas de casa ni llegues a ajena con la vejiga llena…"
Las familias patricias de Buenos Aires recuerdan que las señoras de alcurnia viajaban en sus carros con un artefacto debajo de su asiento similar a una chata o pelela donde hacían de las suyas antes de llegar a su destino. Y el aurigas se encargaba de tirar el simpático contenido a las acequias.
A principios del siglo pasado la cuestión adquirió normatividad en la Ciudad de Buenos Aires donde una Ordenanza Municipal de 1917 creó que se establecería una multa de $50 a quien fuera visto en la calle haciendo ese tipo de menesteres.
Esta ordenanza no era destinada a los pobres sino a los cajetillas porteños que normalmente mamados vaciaban sus vejigas en cualquier lado.
El humor porteño, entonces, registró la cuestión en forma muy particular siendo proverbial que se compusiera un tango cuyo autor, si no me equivoco, es Julio De Caro: Cuidado con los cincuenta.
Este relato merece cerrarse con una cita respecto del tema de la inolvidable María Esther de Miguel, contenida en esa divertidísima novela llamada Un dandy en la Corte del Rey Alfonso.
Allí se relata que a principios del siglo pasado un uruguayo reo, vividor y simpatiquísimo por los avatares del azar llega a Alcalde de Madrid previa obtención no muy santa del título de Duque de Sesto. Este personaje llega a ser Alcalde de Madrid y se le ocurre corregir también aquella costumbre en los transeúntes de su ciudad, e impone una multa de "cuatro duros" para el que fuese sorprendido en tal inadecuada evacuación.
Y como no podía ser de otra manera el humor madrileño pudo más que el uruguayo y la ciudad se llenó de panfletos que decían:
"Cuatro duros por mear
qué caro parece esto
cuánto cobrará por cagar
el Señor Duque de Sesto"
Estas historietas más allá de su verosimilitud fueron las que lograron que mi cliente fuera absuelto y en lo personal se lo brindo al Dr. No, por si alguno de sus lectores o clientes se encuentra en algún momento protagonizando alguna de estas dramáticas alternativas.

Carlos Horacio Elliff
Montevideo 126 3º


 
  Esta nota fue publicada en Fojas Cero Nº 170 de abril de 2007
 
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