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El Dr. Alberto
Bovino es profesor adjunto de Derecho de la UBA y abogado externo del CELS.
Le tocó defender a tres juezas que fueron destituidas de sus cargos
por diferencias con Adolfo Rodríguez Saa. En diálogo con Infocívica,
realiza un diagnóstico del avasallamiento del poder judicial por
el poder político.
(INFOCIVICA,
Buenos Aires, 29 de enero de 2003). "Cualquier juez que reivindica
los derechos sociales frente al Estado, se transforma en un paria del
poder judicial y, regularmente, comienza a ser amenazado con pedidos de
juicio político", asegura Alberto Bovino, Profesor Adjunto
de Derecho Penal y Procesal de la UBA y abogado externo del Centro de
Estudios Legales y Sociales (CELS). En una entrevista con Infocívica
realizada en el marco de un informe de diagnóstico sobre la independencia
del Poder Judicial que lleva adelante el Area de Justicia de Poder Ciudadano,
el especialista delinea un panorama sobre el avasallamiento del poder
ejecutivo por el poder judicial y los distintos estilos de "captura
de poder" a nivel provincial. "En América Latina el poder
judicial nunca se animó a transformarse en un verdadero poder político",
dice.
-¿Cómo evalúa la relación entre el poder
judicial y el poder ejecutivo a nivel provincial?
A nivel provincial,
lo que sucede en muchas provincias es que hay un completo avasallamiento
del poder judicial por el poder ejecutivo. Esto se hace evidente cuando
el poderoso que queda en situación de debilidad viene a pedir ayuda,
y la justicia no le sirve para lograr el reconocimiento de sus derechos
porque está en manos de sus antiguos "cómplices".
Ahora, todo los candidatos presidenciales están atravesando problemas
con el poder judicial. Hay diferentes estilos de "copamiento"
del poder judicial. Está el caso de San Luis, donde el ejecutivo
formalizó a través de leyes obedientemente aprobadas por
su mayoría en el congreso la absoluta sumisión del poder
judicial, está el estilo de lo que sucede con algunos fueros de
la justicia nacional, donde la dependencia depende de llamados telefónicos
y no de reglas jurídicas.
-¿Cuáles son esos "estilos" diferentes de
"captura del poder"?
Distinto es el proceder
en Santiago del Estero que en San Luis, por ejemplo. El caso de Santiago
del Estero es el más común: si se estudian las leyes uno
no encuentra nada malo en ellas, pero en la práctica el Poder Judicial
se convierte en un órgano dependiente del Poder Ejecutivo. Todo
se termina manejando de manera política. En el caso de San Luis,
en cambio, se dictan leyes, se organiza todo un sistema legal que vulnera
claramente la Constitución Nacional y los derechos se violan siguiendo
canales formales. Adolfo Rodríguez Saa contaba con una mayoría
absoluta en las dos cámaras. Toda propuesta que mandaba salía
aprobada sin discusión alguna, y cualquier juez que levantara la
cabeza resultaba expulsado. Es el caso de las tres juezas que me tocó
defender (Adriana Gallo, Ana María Careaga y Silvia Maluf de Christin).
El espacio de resistencia es mínimo. La falta de independencia
es evidente. Y a nivel provincial si hay un total de 20 jueces y 18 son
amigos del gobierno, el espacio de crítica es completamente reducido.
Los díscolos están condenados al exilio. El caso de Santiago
del Estero es el más común. Del mismo modo, no hay regla
formal que permita afirmar que los jueces federales dependan del Poder
Ejecutivo, pero es una cuestión de hecho.
-¿Cómo se da este proceso a nivel nacional?
A nivel nacional sucede
algo parecido pero a mayor escala. La imposición de Menem de un
nuevo Código Procesal Penal no implicó en ningún
momento la voluntad de mejorar el funcionamiento del sistema judicial.
La intención fue copar la Justicia Penal y esto se logró
a través de dos vías: con la apertura de tribunales nuevos
y la designación de nuevos jueces -un caso paradigmático
fue el nombramiento de los miembros de la Cámara Nacional de Casación
Penal, que llevó a la renuncia de Arslanián, quien calificó
de "esperpentos" a los designados.
Es llamativo
que ningún profesor titular de la UBA sea miembro de ese tribunal,
cuando se supone que es el de mayor jerarquía nacional. En segundo
lugar, "se ascendió" a los jueces que podrían
resultar molestos. En el caso de Pons, por ejemplo, pasó de ser
juez de instrucción federal a juez de los tribunales orales. Pero
como las causas siempre se arreglan en instrucción, si los jueces
de esta instancia no las elevan, nunca se va a dar curso a un caso en
el que estén involucrados amigos del poder. En el caso de Bruzzone,
pasó de ser fiscal federal de instrucción a ser fiscal de
juicio en el fuero penal económico. Y ahora uno de los mejores
fiscales del país está casi sin trabajo. Con mucha gente
hicieron lo mismo, sobre todo con los que no iban a poder controlar.
-¿Considera que hay algún modo de resolver este encierro?
El daño que se
le hizo a la administración de justicia penal no se arregla ni
con 20 años de gobiernos decentes. Tampoco sería bueno una
salida drástica, ya que no es bueno que ningún gobierno
pueda tener la responsabilidad de nombrar a todos los jueces. Justamente,
la independencia del poder judicial se basa en la renovación paulatina
de sus miembros. Por eso, aun en las mejores condiciones, el daño
no se va a poder depurar, hasta dos o tres generaciones.
-¿Y en el caso de la Corte Suprema de Justicia?
Se da una situación
parecida. La mayoría de sus miembros deberían ser removidos,
pero tampoco es de ningún modo deseable que un mismo gobierno nombre
a 4 o 5 ministros juntos. Este tipo de copamientos hacen perecer al sistema.
El encierro, entonces, es claro: si se echan a todos juntos no habrá
nunca un gobierno apto para volver a nombrarlos.
-¿Cómo cree que esta situación es percibida
por el conjunto de la sociedad?
La desconfianza en la
justicia existe desde hace años. El corralito expuso a los miembros
de la Corte al repudio nacional y la clase media se enteró de quién
era Nazareno. Pero la justicia como institución estaba desprestigiada
hace años, los altísimos niveles de corrupción son
sondeados por cualquier encuesta. El corrimiento que se dio en los últimos
años fue que ciertos sectores sociales, alejados del poder político,
comenzaron a canalizar el reclamo social hacia la justicia. En este sentido,
las ONGs vienen trabajando mucho, comenzando a litigar casos de derechos
económicos, sociales y culturales. El problema es que la justicia
no sabe responder a esta nueva demanda, y solo pone en evidencia su propia
incapacidad. El corralito viola los derechos de todo el mundo, el reclamo
va a la justicia y no satisface el reclamo -aun cuando el derecho violado
es el derecho de propiedad, que para muchos jueces es más "sagrado"
que la libertad-. La gente se vuelca masivamente al poder judicial y la
Corte juega políticamente, para salvar su pellejo de manera vergonzosa,
pero es incapaz de ocupar un lugar de poder y decirle no al Poder Ejecutivo.
Cualquier juez que reivindica los derechos sociales frente al Estado,
se transforma en un paria del poder judicial y, regularmente, comienza
a ser amenazado con pedidos de juicio político. Eso sucede aun
cuando tenemos excelentes jueces y excelentes juristas. Pero a nadie le
interesa que la justicia sea un verdadero poder.
- ¿Cuál es el origen de la captura del poder judicial
por el poder político?
El problema es que en
América Latina el Poder Judicial nunca se percibió como
un poder, nunca lo fue. Y al no percibirse como poder político
es presa fácil del Poder Ejecutivo. Así, los estándares
de crítica política en materia de libertad de expresión
para cuestionar la actuación funcional de un juez no son los mismos
que los de un miembro del poder ejecutivo, como si el poder judicial no
formara parte de los poderes del Estado. La justicia siempre disfrazó
su carácter político bajo supuestos tecnicismos, bajo un
manto de apoliticidad ficticio. Pero siempre se trató de una apoliticidad
en un mal sentido, desconociendo que cada sentencia es una decisión
política, una decisión no discrecional pero si política,
siempre lo es. En América Latina, el poder judicial nunca se animó
a constituirse en poder político, esto es, en uno de los tres poderes
del Estado. Por eso siempre fue el poder más postergado.

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